Columnas, Opinión

El arte de la traición

Es esta una época tan canalla y tan próspera en traiciones, que el traidor se ha hecho especie común, perdiendo ese halo de romanticismo y perfidia que tanto seducía. Nada que ver, por ejemplo, con aquella traición, quizá la más legendaria de todas, que llegó en forma de beso. Judas rozó la mejilla de Cristo para señalarlo -¡qué elegancia, qué aplomo!- y, a cambio de esas envenenadas suavidades, recibió sus treinta monedas de plata. Y ahí comenzó el calvario, tanto para el traicionado como para el traidor. Una suerte de enseñanza que, en la mitología cristiana, apunta a que, de alguna manera y a causa de su vileza, algo se rinde, se emponzoña, se crucifica y muere, también, en el alma del traidor.

Hoy son otros tiempos. Se puede traicionar todo y a todos, sin caer en los pantanos del asombro. Pero, a pesar de que se ha ganado mucha práctica y las cosas habrían de mejorar con la misma, los métodos son más vastos, menos refinados que antes. Si usted ha asistido a la pintoresca actuación del testigo Rajoy –y su apuntador, ese triste hombrecillo llamado juez- sabrá de lo que le hablo. Pero, tranquilo, no es Mariano el peor de los traidores, aunque sí el más burdo. Al pueblo no lo traiciona el gobierno, sea cual sea, sino el estado. Y el pueblo mismo también se puede traicionar; por ejemplo, se traiciona el andaluz –“¡Qué guapa mi Andalucía!¡Desde la Giralda al Albaicín, mil oles ahí!”- cuando ejerce como tal.

Lo que difícilmente se puede traicionar es la patria, porque no es traicionable aquello que no existe –con perdón de Puigdemones y carpetovetónicos señores. Esa patria es una sucesión de azares, de vientos indecisos y caminares en círculos. Y cualquier identidad, más allá de la tozuda voluntad de unos pocos –que también tienen su derecho-, queda reducida a mero accidente, materia provisional en las manos caprichosas del tiempo: hojas del otoño que se pudrirán con las primeras lluvias…

No puedo negar que en el deporte de abrazar banderas, banderolas y banderines he obtenido siempre las peores marcas. Y, sin embargo, yo he amado tantas patrias, tantas patrias amo: las manos de mi madre llenas de harina, amasando con gracilidad el mundo, entre aromas de ajonjolí y aceite de oliva; el callo recio en las palmas de mi padre; el barrio encalado de un pequeño pueblo, al sur del hambre; la mirada vibrátil de los campos; el puñal de nieve que me hundió hasta los huesos aquella mujer, para desgarro del verano, el alma y la vida; y los amigos, sobre todo, los amigos, la más grande y más verdadera patria… Por eso, tal vez, de entre todas las traiciones, la traición del amigo sea la más dolorosa y punzante. Y el medio teatral, al que (des)pertenezco, es más dado a la felonía que a la fraternidad. Amigos tuve, amigos tengo que, sin perder la universal sonrisa, olvidaron cosas importantes por el pírrico negocio de ver su obra un centímetro más arriba, de ganar un estreno más, de colarse en la cartelera de este teatro o aquel festival… ¡Oh, mísero de mí! ¡Oh, infelice! ¿Qué no harían por un Max?

Así que, si está a punto de traicionar, por favor, hágalo con arrebato, devoción y disciplina. Sea minucioso, perfeccionista. Ensaye, sí, ensaye, no se deje ganar por la pereza o la fullería. Como traidor, usted tiene una responsabilidad, un orgullo que defender. Por lo tanto, traicione sin provincianismos porque, en algunos casos, lo más triste no es la traición, ni la amistad averiada, lo más desolador es traicionar por tanto poco y con tanto desaliño… No, no se deje subyugar por la vulgaridad de los tiempos, eleve la traición a categoría de arte y, si va a traicionar, hágalo con grandeza, como esos amores imposibles que nos devastan con voracidad y nos dejan como un barquito calcinado en alta mar, sin el consuelo, siquiera, de que el crepúsculo aviente, lejos de nosotros, las amargas cenizas de esa pasión…

 

Raul Cortés Mena
Dramaturgo y director de Trasto Teatro.
Campaña de aceite ecológico 2017