Columnas, Opinión

La luz incómoda


No es la bandera, sino el mástil. El problema es el mástil, que no puede negar su vocación de altura. Y, allá arriba, cualquier trapo viejo adquiere una dignidad y un orgullo difíciles de ocultar. Sin el mástil, por el contrario, la bandera más majestuosa de todas, por muy adornada de estrellas y colores inflamados, apenas sería una simple cortina ondeando en la tarde, tras el ventanal; o el mantel tendido en la mesa que colecciona lamparones de aceite y churretes de sandía; o, peor aún, una alfombra somnolienta en la que limpiarse las botas, a las puertas de casa… ¿Y quién haría de un felpudo la gloriosa insignia de una patria?

Si no, pongamos por caso España y Catalunya. Sin la prensa, ese mástil erguido a la nada, ambas banderitas lucirían tal cual son: tristes y descoloridas. De hecho, en el asunto catalán, sólo ha habido un comportamiento igual de bochornoso que el de los políticos: el del periodismo. Aunque, en honor a la verdad, este sonrojo precede al 1-O. Sí, tal vez parezca increíble, pero hubo vida antes del 1-O.

Antes de esa apocalíptica fecha, la prensa, en general, ya se mostraba medrosa, posibilista y acomplejada. Radio Televisión Española ya ofrecía los síntomas de un galopante chavismo a la castiza. Y El País ya había convertido su libro de estilo en un burdo recetario de comida rápida. E incluso la SER, que otrora convocase mis días y desvelase mis noches, ya había dilapidado hasta la sombra de su prestigio progresista, entre tantos despidos en la redacción -para costear los elevados contratos de los gurús de la comunicación- y tanto opinador de medio pelo con ínfulas de profeta… Y, al contrario de lo que nos auguraron en la facultad, tampoco en el periodismo local se gobernaba la esperanza: otro día les cuento lo que sucedió este año en mi pueblo (que, aunque también tiene bandera, no existe porque no lo dejan), entre algunos medios locales y el alcalde (el alcalde tampoco existe, pero sí su partido, el partido socialista y único de Andalucía), durante el alumbrado de la feria (esa sí existe y olé): ¡Qué luz tan incómoda!

Hubo un tiempo en que el periodismo era otra cosa, entre lo mitológico y el romanticismo. Los periodistas eran animales rebeldes e inadaptados, seres nocturnos y literarios que, con voz aguardentosa, imprecaban contra cualquier bandera y, aún despeinados, con bolsas en los ojos, salían a la calle a librar batallas en cada artículo, con cada palabra, sin preocuparse por ganar guerra alguna, pero sangrando siempre por la herida del compañero. Pocos conservan hoy esa estirpe en el oficio; tal vez, Esther Ferrero sea una de los últimos ejemplares de esta especie en extinción.

Casi cada jornada, el transistor se ponía sutil y dejaba escapar unos cuantos acordes sigilosos, serenos y discretos. Instantes después, la voz de Esther Ferrero templaba la noche con un periodismo elegante y reposado, en su programa Coordenadas, que hasta este año realzaba la parrilla de Radio 3. Esther Ferrero sabe algo que otros ya olvidaron: que para hacer radio no es preciso montar un circo, que una gran periodista no necesita ser una estrella mediática y que su trabajo es servir a la sociedad, no ser el mástil que afianza la bandera de los políticos ni de ningún otro grupo de poder.

Mientras el periodismo, hoy, renuncia a todos sus sueños por un palmo de tierra firme, aunque sea un erial –yertas páginas sobre el 1-O, tedio, polvo y nada más- la voz de Esther Ferrero es un barquito velero que se adentra en la inmensidad mar, a pesar de las tormentas y las zozobras. Y a esas embarcaciones, tan libres y tan valientes, el faro las ilumina siempre, las ilumina más.

Raul Cortés Mena

Dramaturgo y director de Trasto Teatro.

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