Columnas

¿Es posible que seáis tan estúpidos?

No, claro que no. Bien es verdad que entre la casta política abunda quien le falta “una carboná”, “una marea” o “un hervó”, como ustedes prefieran. Gente que, con sus carreras, másteres u oposiciones -los menos, aunque estos títulos no garantizan ni inteligencia, ni cultura, ni educación, por supuesto- , y con ninguna experiencia profesional al margen del partido los más, exhibe sin pudor sus méritos para llegar donde han llegado: familia, obediencia, servilismo, mediocridad y navajeo a partes iguales. En definitiva, fiel reflejo de la sociedad de la que surgen y que los ha puesto ahí.

Pero no, no se puede ser tan estúpido. Verán ustedes: yo, que tengo que trabajar para vivir, me dedico profesionalmente a la resolución de conflictos. El conflicto es algo consustancial a la vida en sociedad y no necesariamente hay que percibirlo como algo negativo. Las personas y los grupos en los que se integran poseen sus propios intereses, individuales y colectivos. Estos intereses, con frecuencia, colisionan con los de otras personas o grupos. Una persona o una sociedad sin conflictos no es, en contra de lo que pudiera creerse, un remanso de paz y tranquilidad sino una realidad muerta, estancada, que no madura ni evoluciona. Por otro lado, el conflicto permanente, enquistado, que nunca se resuelve sino que se eterniza, genera una espiral destructiva que acaba con la vida del organismo, personal o social. Lo ideal, pues, sería aceptar la existencia natural de los conflictos y procurar resolverlos de la mejor manera posible. A este respecto tenemos una pluralidad de herramientas para resolver las controversias: el diálogo o negociación directas entre las partes; la ayuda de un tercero para que facilite el acuerdo o decida una solución; la imposición de una parte sobre otra empleando su mayor poder (físico, jurídico, social, moral); o el sometimiento voluntario de una de las partes a la otra. Cada tipo de conflicto precisa de una técnica diferente para resolverse.

Viene todo esto al caso por el asunto de moda: Cataluña (¡qué tiempos en los que nuestras preocupaciones eran Venezuela, Corea del Norte, los supuestos atentados del ISIS o, más lejanos, el ébola o la gripe del pollo!). Si realizamos un análisis lo más aséptico posible, alejado de prejuicios ideológicos y pasiones por trapos coloreados o patrias inmortales, observamos como, ante un conflicto social, los pasos dados por los presuntos responsables de resolverlo son exactamente los contrarios para lograr dicho objetivo (el símil del bombero pirómano se suele emplear mucho aquí).

Ante la situación que se estaba generando en Cataluña, una primera reacción del Gobierno español y su aparato de propaganda -y de la mayoría de la sociedad española- fue la negación del conflicto. Todavía hoy hay quien alude a una “minoría fanatizada” o “la élite política catalana” ignorando que estamos ante una posición -el soberanismo, entendido como voluntad de ejercer el derecho a decidir su futuro como miembro de una comunidad social en la que se autoreconoce- que ha arraigado en amplios sectores populares. Tras el fracaso de esta primera opción -la negación de la existencia del conflicto que, evidentemente, no lo ha resuelto- se está comenzando a aplicar un segundo mecanismo: la imposición de la voluntad de la parte más poderosa -el Estado- por contar con la fuerza, su Ley y la propaganda. Resolver un conflicto mediante la imposición de una parte sobre otra es posible. Pero para ello la parte poderosa (aquí, aparentemente, el Estado) ha de contar con fuerza suficiente. El diagnóstico del conflicto es aquí fundamental porque si la postura que se pretende doblegar no es sólo de élites o minorías fanatizadas sino que existe verdaderamente una sociedad organizada y consciente, una red popular, entonces el empleo de la fuerza lo que provocará será un refuerzo de las convicciones y un recrudecimiento del conflicto. Y parece que esto es lo que está pasando.

Pero nuestros dirigentes no son imbéciles. Conocen perfectamente todo este funcionamiento de la gestión de los conflictos. ¿Por qué actúan así, aún a sabiendas de que están agravando la situación? ¿Por qué no dan ninguna salida que no sea el sometimiento? Pues porque en su lógica por mantener el poder y sus privilegios ya han dado por perdida a Cataluña. Paradójicamente, en su mente, ya la han independizado, la han categorizado como enemiga pretendiendo ganar apoyo popular en el resto del Estado -y lo harán, sin duda- con una imagen autoritaria que tanto agrada a una sociedad predemocrática como la nuestra.

Ahora bien, deberían tener cuidado en la gestión de la fuerza. Ya que han decidido que Cataluña es su enemiga deberían aprender a tratar a los enemigos. Para ello nada mejor que la lectura -quien aún mantenga esa antigua costumbre- del maravilloso Sun Tzu y su El Arte de la Guerra donde nos recomienda:

Hay que dejarle una salida a un ejército rodeado.
Muéstrales una manera de salvar la vida para que no estén dispuestos a luchar hasta la muerte, y así podrás aprovecharte para atacarles.
No presiones a un enemigo desesperado.

Cuando se hallan ante un grave peligro, pierden el miedo.
Cuando no hay ningún sitio a donde ir, permanecen firmes;
cuando están totalmente implicados en un terreno, se aferran a él.
Si no tienen otra opción, lucharán hasta el final.

Daniel Escalona Rodríguez

Jurista y funcionario de la Junta de Andalucía.

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