Columnas

Una cultura antisistema

La experiencia histórica avala en Andalucía esta visión crítica del desarrollo. Aquí, modernización –pensemos en el caso de la agricultura, hoy nuestra principal dedicación-, ha venido significando mayores cotas de adaptación y subordinación a necesidades ajenas, ratificándose que no estamos en la antesala del desarrollo. Nuestra condición de economía extractiva, nuestro papel de sirvienta nos sitúa en el cuarto trastero. Y el crecimiento económico, en la medida en que refuerza ese papel, que es lo que ha venido haciendo, no sólo no nos acerca; nos lleva en dirección contraria al desarrollo. En Andalucía la experiencia nos dice que el crecimiento económico es un vehículo para la divergencia.

Desde la ideología dominante, la cultura andaluza se interpreta como un obstáculo, un inconveniente para la modernización y el desarrollo. Así se ha hecho explícito en numerosos textos. Existen “deficiencias estructurales”, “restricciones en la mentalidad de los andaluces” asociadas a “un retraso cultural, una falta de adaptación que limita gravemente las posibilidades y el potencial de desarrollo en Andalucía”. Un desarrollo que implicará “un sacrificio de la identidad”. En la misma dirección el documento sobre la Segunda Modernización de Andalucía señala que “sólo podrá haber una verdadera modernización de Andalucía cambiando parte de lo que ahora somos”, siendo necesario “acabar con todo aquello que se considere opuesto a este proceso”.

Estas deficiencias o carencias giran sobre todo en torno a la escasez de “espíritu empresarial” o “escasa penetración de la cultura emprendedora”. Las quejas también incluyen elementos como el “escaso aprecio por la meritocracia” o el “aprecio por el tiempo libre”. Desde esta perspectiva, corregir la situación implica, además de eliminar los “obstáculos”, un “trasplante” de los rasgos culturales alrededor de los cuales se estructura la cultura industrial, aunque al mismo tiempo se advierten en la cultura andaluza elementos que sería deseable conservar, sintetizados en lo que Castells y Hall identifican como “el arte de vivir”. Como si fuera posible concebir una cultura como una receta de cocina en la que los ingredientes se pueden mezclar a voluntad en la proporción que “convenga”.

Desde “el desarrollo”, ninguna preocupación por las raíces y el significado de los rasgos identitarios de la cultura andaluza. En un trabajo de Bericat (1989) pueden encontrarse en este sentido algunas pistas interesantes. Las ineficiencias de la cultura productiva en Andalucía se relacionan allí con la valoración que en la sociedad andaluza tienen la función empresarial y el trabajo. En relación con la primera, “existe un importante laguna de legitimidad”, presentando la función empresarial “graves deficiencias en Andalucía”, de modo que “las actitudes mentales de la población no están orientadas por el aumento de la riqueza”; la acción “no está dirigida por criterios de rentabilidad” sino de “supervivencia del grupo familiar”. Quizás convendría recordar aquí la histórica falta de legitimación, el rechazo social hacia el terrateniente, el amo, “el de arriba”, identificado ahora con el empresario.

El trabajo dependiente también tiene connotaciones específicas en la cultura andaluza, según Bericat. Hay una clara evidencia de la “inutilidad del trabajo como forma de promoción social”, no habiendo sido visto en Andalucía como una manera de salir de la pobreza. Es la traducción de una realidad en la que la fuerte polarización social condenaba prácticamente a quien nacía en la orilla de “los que tienen que trabajar” a permanecer en ella de por vida. El trabajo está aquí en las antípodas de esa valoración como manera de ir tras el éxito y el enriquecimiento que proclama “el espíritu del capitalismo”. Aunque a la vez tenga una valoración positiva, pero por razones muy diferentes a las predominantes en el sistema, viéndose en el trabajo un mecanismo de autoidentificación y autovaloración que distingue y legitima al colectivo de pertenencia frente a “los otros”. En este contexto, como señaló Martínez Alier, valores como “el cumplir”, “la unión” y “el reparto”, van a formar parte de esta cultura del trabajo. También es interesante reseñar aquí que la citada polarización social “ha hecho concebir cualquier relación social como una relación de fuerte dependencia”, de ahí la alta valoración de las formas autónomas de trabajo “como formas de lograr una independencia económica, social y laboral”, como forma de que “nadie te mande”.

Los rasgos sobre los que se ha venido construyendo la cultura andaluza se encuentran, como muchos aspectos de su estructura económica, en la otra cara, en este caso de los valores predominantes en el sistema. En gran medida, por tratarse de una cultura marcada por el papel de Andalucía en el sistema y su propia conformación interna; por ser una identidad que cristaliza bajo una situación de opresión estructural, interna y externa, resultado de una experiencia colectiva vertebrada por la subalternidad asociada al papel de Andalucía en la división territorial del trabajo estatal e internacional.

Una cultura que, según señala Isidoro Moreno, se estructura en torno a tres ejes básicos: “una fuerte tendencia hacia la personalización de las relaciones sociales..: todo lo no directamente conocido es potencialmente una fuente de amenazas”; la negación simbólica de la subalternidad, o inferioridad, -“rechazo simbólico de la opresión” traducido en no admitir ser menos, con independencia de la desigualdad en “los teneres”; un rechazo que conlleva un fuerte sentimiento igualitarista: nadie es superior o inferior a nadie. El tercer eje, un fuerte “relativismo con respecto a las ideas y las cosas”, “la relativización de lo que se considera provisional, pasajero, sujeto al azar, a modas y vicisitudes, o que es resultado de condicionamientos externos, ajenos al ser personal (riqueza, posición, títulos,…)”.

Estos rasgos se han visto ratificados en gran medida en trabajos de campo realizados a finales de los años 90 en los que se constata “una cultura socioeconómica peculiar” con un “importante contrapeso de una lógica social y humanitaria que de sentido a la economía y a la seguridad”, “alta estima de valores sociales” “un menor ‘economicismo’”, un alto grado de rechazo a la desigualdad, entendida como resultado de un orden social más que como resultado de conductas individuales, así como una mayor inclinación hacia lo perdurable, o poca confianza en lo instituido como cauce para resolver los problemas existentes.

Siendo de ahí de donde venimos, la globalización y sus tendencias homogeneizadoras y uniformizadoras, junto al papel de garantes del statu quo asumido plenamente por las instituciones (Junta de Andalucía, Gobierno central, etc) han deteriorado gravemente o difuminado muchos de estos valores, acentuándose la enajenación y la colonización mental. Justo cuando, paradójicamente, en la actual encrucijada en la que nos encontramos, la descomposición en la que se encuentra el capitalismo en el Norte y la proximidad de sus límites, nos deja sin referencias externas.

En este sentido, se hace cada vez más evidente que no podemos seguir aspirando a ser “a imagen y semejanza de otros”. Por primera vez estamos obligados a ser nosotros/ras mismos/mas. A partir de lo que somos. De ahí la importancia de amplificar y potenciar la conciencia teniendo en cuenta el fuerte potencial liberador de muchos de los elementos que conforman nuestro imaginario colectivo. Con la ayuda de dos herramientas. La primera, capacidad para poder ejercer el derecho a decidir como pueblo sobre los ámbitos y cuestiones propios: soberanía. La segunda implica estimular procesos de transformación de abajo a arriba, que se sostengan en el municipalismo como propuesta política de proximidad que permite la participación directa en la toma de decisiones sobre muchos aspectos de la vida cotidiana. Desde este ámbito se pueden desplegar experiencias y ejemplos concretos que nos permitan hacer visibles propuestas prácticas de superación del capitalismo. Propuestas que puedan suponer por una parte un control democrático de los mecanismos de mantenimiento y enriquecimiento de la vida, fuera de la lógica de la acumulación y por otra una subordinación de la intervención institucional al apoyo y el fortalecimiento de estos procesos de transformación y de los movimientos y los colectivos sociales que los puedan respaldar e impulsar.

Este artículo de Manuel Delgado Cabeza, catedrático de economía de la Universidad de Sevilla, es parte del capítulo del libro coordinado por Pablo Palenzuela y editado por Icaria “Antropología y compromiso. Homenaje al profesor Isidoro Moreno”. Ed. Icaria – Universidad de Sevilla, 2017. Para facilitar la lectura se han suprimido las citas, que pueden consultarse, así como la bibliografía, en: Descarga capítulo completo “El fin del extractivismo. Algunas condiciones para la transición hacia un postcapitalismo en Andalucía”.

Manuel Delgado Cabeza

Catedrático de economía y miembro de Asamblea de Andalucía.

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