Columnas, Opinión

El acantilado

A este punto más alto del acantilado, asciende el año con la decidida intención de precipitarnos al vacío y desaparecer. Tal vez, entre tanta ceremonia hueca, encontremos la forma de parar y mirar atrás. No para construir himnos de melancolía, sino para saber lo que pasó. Pararnos, antes de saltar o dejarnos caer.

A este punto más alto del acantilado, asciende el año y nos trae a empujones o de la mano. Y nosotros llegamos con lo único que podemos llegar nosotros: obras inacabadas, buenas intenciones, promesas incumplidas, palabras huecas, noches de insomnio, idas y venidas… Es decir, una sucesión de anécdotas sin grandeza ni valor, tristemente intercambiable por cualquier otra. Y comprender, sin ser arrastrado por los caballos de la desesperación, que, en eso, precisamente en eso, consistía vivir.

A este punto más alto del acantilado, asciende el año por saber si el árbol nos regala, por fin, el único fruto que, aún, resiste en la rama. Allí donde el pájaro canta, columpiado por la brisa de la eterna mañana. Y nos trae el año, a empujones o de la mano, con la esperanza de que, aunque sea al final, advirtamos que, más allá de la tapia de nuestros días y nuestras prisas, había un árbol y un pájaro, una canción, una mañana saltando por los altos enramados.

A este punto más alto del acantilado, asciende el año, aunque nosotros no queramos. Y paro… Para llegar aquí tuve que sobrevivir a la confusión, a la propia mediocridad, un ciclón y dos terremotos. A la distancia y a los papeles de los que, otra vez, borraron mi nombre. A la sequía. A tu ausencia. A los amigos que dejaron de serlo. A la burocracia y los aeropuertos, esos agujeros negros. Al gobierno de España, de Brasil, de México. A los que llevan meses abrazando la bandera de aquí y limpiándose el culo con la de allí (y al revés). Al teatro-moda, al teatro-revolución, al teatro-selfi, al teatro-oenegé que, normalmente, es más oenegé, selfi, revolución o moda que teatro. A los emplumados ámbitos de la academia. A la maleta que desapareció, llevándose parte del pasado y parte de los sueños. A los patéticos pasos de nuestro vals fingido. Al increíble saldo de haber errado en todas y cada una de las decisiones tomadas (y eso tiene su mérito) y haber errado, también, en la única decisión que no tomé (y eso lo que no tiene es consuelo)…

A este punto más alto del acantilado, ascendemos para brindar por todos los despechos del año: que las heridas hay que merecerlas. Y, si el peso es demasiado, dejaremos escrita una copla en el hueso del tiempo. Pues para para despedir esto, que ya es pasado, que ya es ceniza, que ya es recuerdo, nos servirán los versos del viejo poeta[1], también olvidado:

No vuelvas, amor mío,

déjame eternamente buceando en tu ausencia.

Prefiero el cardo de tu olvido,

la batalla campal con tu recuerdo.

Prefiero este evocarte como te he ido soñando,

como te he ido creando en mis noches de insomnio,

a la decepción triste, chata, del encontrarte;

del desbocar mi carne hacia otra carne extraña,

porque sé que esta mía no eres tú, es la nostalgia

que le ha puesto sus alas de arcángel al deseo

y me hace ver gigantes donde sólo hay molinos.

Y, ahora, que venga a buscarnos el porvenir. Que suba hasta aquí lo próximo. Que nos encontrará tan resueltos y tan quitados de la pena, tan sin miedo y tan dispuestos a equivocarnos otra vez, que el año que viene por estas fechas, en este mismo o en otro acantilado, brindaremos de nuevo y a pesar de todo, con tanta rabia como alegría.

[1] Poema extraído del libro “Poemas de ausencia”, de Julio Mariscal.

Raul Cortés Mena

Dramaturgo y director de Trasto Teatro.

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