Columnas, Opinión

Feminismo andaluz (II). Construir feminismos para transformar nuestras vidas

Es importante situarnos para seguir ejerciendo una resistencia crítica y  proponiendo un cuestionamiento del sujeto único que piensa el feminismo, y las  supuestas oposiciones  dicotómicas tradición-modernidad, desarrollo-subdesarrollo, centro-periferia. La base de las teorías feministas surgen desde posiciones concretas: mujeres, blancas, occidentales con estudios universitarios. Analizamos la realidad, denunciamos la desventaja social y de negación de derechos en la que nos encontramos las mujeres, las personas con identidades trans y con identidades no binarias. No es menos cierto que en los análisis se reconocen las distintas identidades que generan distintos grados de opresión, pero esto no  lo resolvemos con la inclusión de todas las identidades si  el marco de análisis está previamente establecido desde un lugar geográfico y epistemológico concreto.  Nos toca poner en el centro el género, la raza, la sexualidad, sumado a la clase, al lugar y al espacio que son categorías centrales en  nuestras posiciones críticas.

La realidad socio-política y económica de Andalucía: subdesarrollo, dependencia económica, y  el despojo de nuestra historia e identidad marcan la realidad de las andaluzas, donde aparte de estas opresiones sufrimos la de género.  Por tanto, debemos distanciarnos de ese feminismo que sólo propone eliminar las barreras que impiden que las mujeres talentosas avancen hacia las posiciones más altas de las jerarquías.

Una vez dicho esto, es importante apuntar que en los momentos de posibilidad real de cambio puede favorecer acciones de un plan de lucha común  porque se antepone la existencia de un enemigo visible, grande, poderoso, que nos obligaría a dejar pendientes los procesos de transformación para tiempos más amables. Sin embargo, el desafío es precisamente el contrario. Abrir nuestros espacios al encuentro,  al diálogo, a una mejor comprensión de los caminos que hemos intentado construir al calor de las luchas sociales.

La crisis sistémica que vivimos nos obliga a recuperar las experiencias solidarias de sobrevivencia. Volver atender la necesidad de la alimentación, pensando en experiencias de soberanía alimentaria. Cuidando que lo que  cocinamos, productos de nuestros campos, obtenidos en condiciones laborales dignas sin venenos en nuestra tierra. Nos empujan a encontrarnos en el  trabajo colectivo, sin reproducción de los modelos de orden jerárquicos y autoritarios. Volviendo a las calles, haciendo de la autonomía de nuestros  cuerpos parte esencial de nuestra experiencia, aprendiendo a caminar juntas.

Se trata de propuestas feministas que miran nuestras huellas pasadas, que plantan en ella una semilla, que dibujan el horizonte cuando, generalmente, no lo ven, que cuentan historias de brujas que no asustan a las mujeres sino que nos dan fuerzas y nos enseñan sus secretos.

Feminismos que hacen de la esperanza no una ilusión, sino una acción colectiva tendiente a revelar las subjetividades aplastadas por las derrotas. Feminismos desde la diversidad, desde lugares políticos, corporalidades disidentes, rebeldes,  que no divorcian el deseo y la felicidad de la lucha cotidiana.

Romper con la lógica patriarcal en nuestras vidas producen libertad pero también vienen de la mano de momentos de gran  soledad. La realidad de Andalucía, empuja a que  nuestro feminismo deba basar en el conflicto, el lugar desde donde convertir  nuestros males endémicos la oportunidad de cambios  siempre desde el nosotras, con sostén y sororidad, transformando esas encrucijadas en  comunidad.

Establecer nuestro accionar  político  a través del diálogo de saberes, en las distintas realidades de las andaluzas basándonos en la experiencia, y en la historia de  las nuestras,  aquellas que ocupadas haciendo feminismo, no tuvieron tiempo de teorizarlo, de esas mujeres que lucharon por vivir como querían vivir, perdiendo la reputación y en muchos casos la vida por caminar perdiendo sus miedos. Mujeres que han hecho historia, pero que no sabemos sus nombres: maestras, sindicalistas, jornaleras, cuidadoras… en definitiva mujeres construyendo libertad.

Tenemos que reconocernos en el  lenguaje y en nuestras acciones, pensando  los lugares de la vida cotidiana, nuestros centros de trabajo ,  las casas,  nuestros barrios y pueblos como lugares privilegiados de disputa del sentido común, como escenarios en el que se juegan relaciones de poder inmediatas sobre nuestros cuerpos. Entendiendo la vida cotidiana, como el lugar en el que podemos construir comunidad, pensando la comunidad, como un desafío al modelo de familia patriarcal, mercantil, y patrimonial.

Tenemos que defender la idea de “feminismo andaluz” basada en una reivindicación popular socializante de orgullo, y de resistencia.  Promoviendo  esa lógica de la esperanza andaluza, de esa subalternidad hecha arte y del arte como expresión social,  que es algo básico para la construcción de un feminismo popular, en el que se reconozcan las andaluzas. Aunque es esencial  comprender que  las políticas de identidad tienen sus límites. Estas son inestables, contextualizadas, son más que todo estrategias políticas y no fines en sí mismos. La política de identidad y de reconocimiento, tan en boca en este tiempo, es la otra cara de la modernidad y de la derrota histórica, hoy con visos de postmodernidad, que muchas veces es o individualizada o paradójicamente esencializadas.

Hay una problemática concreta de las andaluzas, debido a las circunstancias concretas en las que se ha ido configurando el patriarcado y el capitalismo en nuestra tierra. Es complejo hacer una identificación única incluso en toda Andalucía, lo que sí está claro es que no podemos ampliar los colectivos feministas si tener claro la configuración propia de Andalucía. El objetivo que debemos marcarnos no es la homogenización del movimiento y hacer una lectura única, sino utilizar nuestros saberes, huyendo del esencialismo, para poder incluir a todas las feministas, y a todas las andaluzas en un caminar colectivo.

Pensar Andalucía y pensar el feminismo desde lo cotidiano, desde lo rural, desde lo urbano, desde las migrantes, desde las precarias, desde la lógica de todas esas mujeres invisibilizadas,  las andaluzas reales que todos los días se enfrenta individualmente a estas opresiones, construir espacios acción colectiva tendiente a revolucionar las subjetividades aplastadas por las derrotas y por la imposición de un feminismo único y uniformador que excluye e invisibilizan la realidad de la mayoría de las andaluzas.

Ana Martínez Serrano

Licenciada en Derecho y activista social jiennense.

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