Columnas, Opinión

Idiotas

Tantas cosas podría haber sido esta tierra que cuesta trabajo aceptar que hoy sea tan poco… Así que antes de llorar –porque sí, porque lloraremos, pero lloraremos bien, con solemnidad y desconsuelo, con desgarro de alma y dos buenas velas de mocos, para no perder la oportunidad de sonarnos la nariz con trompeteo y apocalipsis- sería enderezado preguntarse por qué, cuarenta años después, esta tierra sigue siendo la misma cosa. Pongamos el rutilante twiter donde estaba el telegrama, stop, y sustituyamos el burro por el AVE, que es mucho más rápido y moderno, dónde va a parar. Sin embargo, basta mirar un poco más allá de la superficie para advertir que se puede mover la técnica y el tiempo, sin variar un ápice la esencia de los pueblos.

¿Acaso esta tierra no fue siempre el hambre que había de Despeñaperros para abajo? ¿La triste soleta al hombro y el paso cansado? ¿La mano recia pidiendo faena y los ojos agachados, la cabeza agachada, agachada la espalda y toda la existencia? ¿Acaso no fue siempre un sí señorito, sí mi capataz y ni un mal gesto al manijero porque quien manda, manda y cartucho en el cañón, y ¡ay, qué penita de mí!, que no tienen suela mis zapatos y uno pasa muchas calamidades y tengo tanto susto, tanto susto tengo, que ni en mi hambre mando yo?

¿Acaso no fue siempre la sombra de los limoneros y la fuente clara? ¿Una guitarra en la noche que araña la luna y estremece los caminos –¡ojú, cuánto polvo!- y para que no falte ni un detalle aquí viene Antonio Torres Heredia, hijo y nieto de Camborio? –Mira, mira… los pelos como escarpias. ¿Acaso no fue siempre la playa de Europa, el chiste de España, el merecido recreo de nuestra esforzada aristocracia?

¡Cómo no vamos a llorar! Si entre los festejados cuarenta años de ahora y los cuarenta de antes apenas suman un sainete. ¡Cómo no vamos a llorar, con el corazón encogido y un nudo en la garganta, si con cuarenta de uno y cuarenta de uno también, se llevan ochenta de esperanza y aquí no salen las cuentas! …Tantas cosas podría haber sido esta tierra que no se puede entender que hoy sea tan poco. Pero antes de llorar y quedarnos traspuestos por el berrinche, mientras sacamos el viejo pañuelo de tela, quisiera contarles un cuento, que si bien las letras no saben, ni sirven ni dan respuestas, tal vez se nos compense la tensión:

“…[1]Era un país curioso, la mayoría de la gente inteligente dependía de un grupo de idiotas, era asombroso observar cómo este grupo de idiotas supervisaba, controlaba y dirigía la suerte de los talentosos.

Lo increíble es que el sector de los inteligentes, para contentar a los idiotas, comenzó a empobrecer sus ideas, porque el grupo de idiotas no las entendía. Y así, poco a poco, los talentosos comprendieron que la única manera de progresar en esa comarca era tratar de contentar a los idiotas, transformándose poco a poco en idiotas.

 La idiotización de la comarca llegó lenta e inexorablemente. Lo curioso es que este proceso no fue percibido por los talentosos, de manera que la idiotización paulatina fue un proceso que algunos contemplaban, incluso, con alegría. Las ideas cada vez más idiotas de los talentosos producían una enorme aceptación de parte de los idiotas, que premiaban a los talentosos idiotizados con cargos cada vez más prestigiosos…”

 Pues eso… Ahora sí, ya podemos llorar nuestra tragicomedia.

[1] Fragmento de la obra “El Cardenal” (1991), de Eduardo Pavlovsky.

Autoría: Raúl Cortés Mena. Dramaturgo y director de “Trasto Teatro”.

Raul Cortés Mena
Dramaturgo y director de Trasto Teatro.
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