Columnas, Opinión

Mercadona contra Andalucía (I): la degradación de las relaciones laborales

Mercadona realizará 2.170 contratos laborales durante los meses de verano . Esta noticia refuerza la imagen positiva de esta empresa como modelo de “desarrollo” también para Andalucía. Mercadona se está imponiendo en el imaginario colectivo como un modelo de referencia tanto empresarial como laboral y de consumo. Una cuestión central que se destaca es el empleo “estable”. Sin embargo, los contratos de este verano serán por sustituciones por vacaciones y algunos para atender la llegada de turistas, todos temporales y con un salario mileurista. Mercadona presume de la estabilidad de sus otros empleos aunque nos debería preocupar qué costes tiene esa estabilidad y qué hay realmente que hacer para conseguir los mil a mil quinientos euros mensuales que paga.

Las voces críticas de trabajadorxs de Mercadona, en el reportaje de Jordi Évole” y en la prensa crítica , muestran una realidad oculta: la dominación jerárquica extrema en el trabajo y la falta de respeto a derechos laborales. Trabajar en Mercadona significa someterse a un trabajo rutinario y repetitivo durante 8 horas al día, acatar órdenes todo el tiempo, modificar y adaptar tanto tu lenguaje, tu aspecto personal y tu comportamiento a unos guiones prediseñados por la empresa y, algo menos visible, renunciar a derechos laborales básicos como las bajas médicas. Mil euros al mes a cambio de anularte como persona, aceptar no ser tú, no pensar y hacer por tí misma, sonreír todo el tiempo y disfrazarte, maquillaje obligatorio incluido, de “chica buena”. De la desmotivación al estrés pasando por la enfermedad son algunos de los costes que pagan en silencio muchos y muchas trabajadoras de Mercadona. Las expectativas laborales y vitales en Andalucía se están rebajando a aceptar agradecidas la dominación renunciando a la libertad y las relaciones sociales diversas. ¿Ese es el modelo de vida que queremos en Andalucía?

En este contexto hay que valorar cada vez más la labor de las fruterías, pescaderías y carniceras de los barrios y los mercados de abastos, así como de los nuevos mercados sociales y las cooperativas y grupos de consumo. Actividades impulsadas por gente que trabaja para sí y sus familias con dedicación artesanal, y que al menos deciden como organizar su trabajo. Gente que conserva una mínima autonomía de ser ella misma en sus lugares de trabajo y con quienes podemos establecer relaciones respetuosas. Y sí, los horarios no son tan buenos, hay más colas, hay que organizarse el tiempo y los euros… A cambio se mantienen articuladas redes económicas que atienden necesidades, que generan empleos más autónomos y que dan vida a barrios y ciudades. Sin embargo, este comercio “tradicional” se presenta como “atrasado” y no como alternativa social y económica capaz de ser punto de partida para rearticular una economía local cohesionada que pueda hacer frente a los males del desempleo y la desigualdad, al aislamiento social y a la falta de respeto que nos rodea cuando triunfa el individualismo mercantilizado extremo que habita en los pasillos del súper.

Marta Soler Montiel
Profesora de Economía en la Universidad de Sevilla.
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