Columnas, Opinión

No dirás feminismo…

El hombre es el problema. Y cuando escribo “el hombre” no me estoy refiriendo al genérico de la humanidad. No. Me estoy refiriendo al varón. Yo, Raúl Cortés, soy el problema. Mi hermano es el problema. Mi padre es el problema, así como mi abuelo fue el problema. El amigo, el compañero de trabajo, el vecino es el problema. El hijo que quizá no tenga será el problema…

Nosotros, los hombres, hemos ocupado prácticamente todo el espacio. Hemos construido, piedra a piedra, la historia, la patria y la casa. Nuestras ideas, nuestra energía, nuestras decisiones, nuestras obras han marcado el devenir de los acontecimientos y de la vida en este planeta, desde la aurora de los tiempos hasta nuestros días. Ni rastro de la mujer o, para evitar las  suspicacias de los metódicos, el rastro de la mujer en todo esto ha sido tan endeble que se pierde fácilmente. El esclavismo, el feudalismo, el colonialismo, el liberalismo, el capitalismo, el comunismo, el marxismo, el cristianismo, el islamismo, el budismo, la ciencia, la filosofía, el lenguaje, las artes, el amor, la verdad… todo ha estado bajo el dominio de los hombres, todo se ha hecho a nuestra imagen y semejanza, ha reproducido nuestros sueños, nuestras ambiciones, nuestro temperamento y nuestra voluntad. … Y, sin menoscabo de los logros habidos, el fracaso humano ha sido incuestionable.

Somos un problema en nuestra (falsa) condición de supremacía. Un problema para los animales, para la naturaleza y, sobre todo y por supuesto, somos un problema para la mujer, a la que hemos invisibilizado. Hemos silenciado su voz, hemos ridiculizado sus ideas, hemos humillado su sensibilidad, hemos perseguido su libertad y su alma. Hemos usado su cuerpo, lo hemos hostigado, lo hemos secuestrado, lo hemos abusado, lo hemos violado y, cuando se nos ha antojado, también lo hemos herido y aniquilado. Y no es que todos seamos unos monstruos, viles asesinos, no. Puede que tan sólo seamos torpes, torpes envalentonados por una egolatría tan desmesurada que no nos ha permitido ver nuestra torpeza. Y si tú, amigo lector, has sido impecable sobre este particular en tu vida –yo no lo he sido- discúlpame y no te sientas ofendido, porque más allá de la responsabilidad del individuo concreto está la responsabilidad del sujeto social y, aunque el análisis debe partir de la circunstancia, ha de superarla para ganar profundidad. Y el análisis, aquí, revela la larga historia de una persecución que no ha sido ni improvisada ni accidental, sino calculada y sistemática.

Sé que asumirnos como problema es incómodo, porque adquirir esa conciencia nos invitaría a pararnos y, humildemente, ceder el paso. Durante un tiempo creí posible que la solución a los problemas que nosotros mismos, varones, hemos ido generando, requería forzosamente de nuestra propia implicación, como si pudiéramos ser el problema y, al mismo tiempo, parte de la solución. Hoy, esa idea me parece un tanto ingenua. Tan ingenua como esperar que el amo propugne la abolición de la esclavitud o que la patronal se siente a una mesa de negociación para defender los intereses del obrero. Es una cuestión de poder y los privilegios que acarrea. Tal vez por eso, incluso cuando se baraja patrones de igualdad, se sigue teniendo al hombre como modelo de todo: ¿por qué la incorporación de la mujer al ejército fue proclamada como una conquista, por qué el patrón no fue desincorporar al hombre e igualarnos por la vía de la desmilitarización? ¿Por qué el patrón nunca fue desintegrar al hombre del mercado laboral, teniendo en cuenta que este mercado laboral no libera a nadie? ¿Por qué el patrón aspira a que una mujer alcance la presidencia de un estado cuya constitución, de entrada, tiene siete honorables padres y ni una madre sencilla? ¿Por qué? Porque tan fálicos son los estados, el mercado laboral y los ejércitos como el patrón…

Sé que no será fácil parar esta hegemonía, clausurar este ciclo de sonrojantes consecuencias. Pero no se me ocurre cambio político ni vital más necesario ni más urgente: quebrar el pensamiento rectilíneo, guardar nuestra heliocéntrica seguridad de varones, contener el impulso de abarcarlo todo y marcar el paso. ¡Qué saludable y qué hermoso sería aceptar, con luz y humildad, el crucial desempeño de escuchar, de ayudar, de cuidar, de acompañar! …Que si el lenguaje construye realidades, la primera piedra ya está puesta: el género gramatical de problema es masculino; ni femenino ni neutro.

Raul Cortés Mena
Dramaturgo y director de Trasto Teatro.
Campaña de aceite ecológico 2017