Columnas, Opinión

Otras maneras de entender la economía: la vida en el centro

Si ponemos la vida en el centro no podemos seguir alimentando una manera de entender la economía sostenida sobre principios contrarios a aquellos con los que la vida se construye. Una economía que, liberada de todas las ataduras sociales, políticas y morales, impone la violencia de una visión y una gestión del mundo reducida a una sola dimensión, la del universo de los valores monetarios y que potencia en el puesto de mando una única racionalidad asociada a un individuo egoísta y depredador que persigue su propio interés en contra de todos los demás y al que la psicología y la psiquiatría no dudarían en diagnosticar como psicópata. Detrás de esta visión, una idea de naturaleza humana, desmontada desde diferentes perspectivas y a la que Marshall Sahlins ha calificado de “ilusión occidental”.

Como parte esencial de este enfoque, ese “estrabismo productivista”, también contrario a la vida, que convierte el concepto de producción y los elementos asociados al mismo, el trabajo especialmente, en el centro que da sentido a la existencia. Máxime cuando en esta fase de predominio del capitalismo financiero, la metáfora de la producción, asociando la generación de riqueza –“producción”-, a la aparición de valores monetarios, además de presentar como procesos “productivos” la extracción y adquisición de recursos preexistentes, encubre y legitima operaciones de mera apropiación de riqueza realizadas a partir de formas de hacer dinero puramente especulativas, dándole una cobertura ideológica que las hace pasar desapercibidas.

Para realidades económicas como la andaluza, dedicada primordialmente a exportar naturaleza, organizada por tanto alrededor de actividades especialmente generadoras de daños sociales y ecológicos que permanecen ocultos si utilizamos el enfoque de la economía convencional, urge una mirada que permita desvelar la cara oculta del extractivismo y el papel encubridor y apologético del orden establecido desempeñado por la ideología económica dominante.

Un orden dentro del cual no es posible la igualdad de derechos a la vez que se aceptan enormes diferencias en lo relativo a la propiedad, sacralizada y presentada como fruto del trabajo pero que hoy tiene un origen ligado de manera creciente a procesos de revalorización de activos y de acumulación por desposesión y que no está ligada a su uso sino que tiene como finalidad salvaguardar y ampliar los privilegios, la riqueza y el poder de sus propietarios. En Andalucía, el desigual reparto de la tierra, históricamente un rasgo básico de su estructura socioeconómica, ha llevado a cuestionar la legitimidad de su propiedad, de modo que, como ha señalado Isidoro Moreno, rebasando sus dimensiones económica y social, el tema de la propiedad de la tierra pasó al nivel simbólico, el de las representaciones colectivas, llegando a convertirse en un “marcador de identidad” del pueblo andaluz. En ese imaginario colectivo, la reestructuración del sistema de propiedad llegó a significar “la ilusión de una sociedad sin explotación, sin amos, la vía única y segura hacia una sociedad igualitaria”. Reactivar estas connotaciones y significaciones, actualizándolas, facilitaría la reconversión mental necesaria para abordar un tema que hoy resulta imprescindible para transitar hacia el postcapitalismo y avanzar hacia formas de propiedad comunitarias, cooperativas, etc.

Poner la vida en el centro exige, por tanto, deconstruir y/o reelaborar las categorías de pensamiento sobre las que se construye la idea usual de sistema económico; en este sentido urge también un replanteamiento y un debate a fondo de la noción de trabajo propia de la ideología dominante; esa idea y esas formas de trabajo asalariado, dependiente y servil, de las que se ha venido alimentando la acumulación capitalista, siendo trabajo y capital dos caras de una misma moneda. De manera que la historia de la modernidad es en gran medida la historia de la imposición del trabajo y de la lógica de que el bienestar social sólo puede ser el resultado de una explotación rentable del mismo. El trabajo, mercancía para convertir el dinero en más dinero, elevado a máximo principio de coerción que organiza y gobierna las relaciones sociales, sus formas, su tiempo, su ritmo. Su idolatría es compartida desde la izquierda tradicional al fascismo, pasando por los actuales planteamientos neoliberales. No por casualidad, en Auschwitz, como en otros campos de exterminio nazis figuraba, en el arco metálico del portón, una inscripción con el lema: “el trabajo os hará libres”.

Y a medida que la sociedad dominada por el trabajo llega a sus límites, cuando el empleo se hace cada vez más escaso y sus condiciones se degradan, al tiempo que sobra cada vez más gente y aumenta la exclusión, desde el sistema crece el empeño en sacralizarlo, justificándose que en su nombre se fuerce cualquier tipo de actividad. Se sesga así la percepción de las actividades humanas a favor de aquellas que tienen una contrapartida pecuniaria, desatendiéndose, invisibilizándose e inferiorizándose aquellas tareas que no la tienen, por importantes que sean para el mantenimiento y el enriquecimiento de la vida.

En el contexto actual se impone el carácter alienante del trabajo, con frecuencia bajo nuevas y sutiles formas, pero más presente que nunca. Ese carácter que convierte al producto del trabajo y al trabajo mismo en algo extraño, fuera del control del trabajador hasta enajenar su vida, que termina por no pertenecerle y destruir su forma de ser. Es la base de lo que Senet llama “la corrosión del carácter”.

En Andalucía, como en otras economías del Sur, la dedicación a tareas especialmente depreciadas –y despreciadas-, por el sistema, junto con el carácter de economía de enclave de los sistemas productivos locales, y la consiguiente desconexión entre producción y consumo, da lugar a una superexplotación de la fuerza de trabajo. Sobreexplotación que tiene su reflejo en cifras como las del salario medio por trabajador, que aquí está entre un 20 y un 35% por debajo del de Cataluña, Madrid, y el País Vasco. Incluso para una misma rama de actividad las retribuciones salariales están en Andalucía entre un 10 y un 30% por debajo de las que se tienen en las áreas centrales. Como compendio de esta sobreexplotación, el porcentaje de la población andaluza que está en riesgo de pobreza o exclusión social es de un 41,7% en 2016; 15,9% en el País Vasco, 17,9% en Cataluña, 21,7% en Madrid, un peso como mínimo doble en Andalucía que el correspondiente a éstas comunidades  (INE).

En las sociedades del Sur se hace especialmente evidente que esta idea y esta concreción de trabajo dependiente, antes que emanciparnos nos hace esclavos; y que resulta cada vez más imprescindible liberarnos de este trabajo servil –que además es cada vez más escaso-, y procurar que se vayan abriendo espacios que funcionen con lógicas distintas a la de la acumulación. La conquista de espacios sociales de emancipación pasará así por extender la gestión y el uso social de los recursos a través de formas cooperativas y otras formas de trabajo comunitario regidas por el principio de autoorganización. Sería una manera de recuperar el control sobre nuestras condiciones de vida, a la vez que facilitaría la visibilización de los daños  que el sistema oculta y favorecería la extensión de la conciencia sobre las raíces de los problemas que nos acucian, ratificando que hay alternativas posibles.

Autor: Manuel Delgado Cabeza.

Este artículo de Manuel Delgado Cabeza, catedrático de economía de la Universidad de Sevilla, es parte del capítulo del libro coordinado por Pablo Palenzuela y editado por Icaria “Antropología y compromiso. Homenaje al profesor Isidoro Moreno”. Ed. Icaria – Universidad de Sevilla, 2017. Para facilitar la lectura se han suprimido las citas, que pueden consultarse, así como la bibliografía, en: Descarga capítulo completo “El fin del extractivismo. Algunas condiciones para la transición hacia un postcapitalismo en Andalucía”.

Manuel Delgado Cabeza

Catedrático de economía y miembro de Asamblea de Andalucía.

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