Tribuna abierta

Carta del padre

David Fernàndez, con un retrato de Guillem Agulló i Salvador

Mi madre, de pequeño, me enseñaba que todas las personas son respetables y que lo que siempre hay que hacer es combatir las ideas funestas y nefastas que deshumanizan, desigualan y segregan. Las políticas que discriminan. Los discursos que mienten. Las palabras que hieren. Me llegaba, amablemente, Paulo Freire por la cabeza. Pedagogías del oprimido, allí donde aprendes que la autoridad ética sólo la pueden conferir los de abajo, nunca los de arriba. Para autoridad moral -en el país de la huelga de los tranvías en medio de la dictadura, de la PAH contra la voracidad de los carroñeros, los insumisos a todo militarismo- la larga memoria de las resistencias civiles: la de las Madres de Plaza de Mayo, la de Rosa Parks, la de las sufragistas. Aquellas que recibieron todos los golpes y todos los insultos del poder.

“Quien quiere hacer algo busca un utensilio, no una excusa”. El proverbio árabe -en tiempos de islamofobia- flota más que nunca. Y sí, volviendo a casa en esta primera columna a la Directa, sopesaba responder algunos de los argumentos que empleó Joan Coscubiela el pasado miércoles. Aquellos que hicieron poner de pie, eufórica, la bancada del miedo; la que ha merecido todos los elogios de la caverna; la que ha sido ensalzada por las voces más siniestras del más rancio autoritarismo. Los argumentos he dicho, no la persona: sobra decirlo. Thomas Paine escribía: “El que quiera salvaguardar su libertad deberá protegerse de la arbitrariedad del resto, o el precedente se volverá contra él”. Dudaba de hacerlo, nunca sabes si acabará en binario ruido caníbal o en necesario silencio reflexivo, cuando la calma en tiempos de griterío es revolucionaria. Preferiría decir por toda respuesta que el golpe de estado es tan rarísimo y extraño que, en muy pocas horas y libremente, 670 ayuntamientos ya han dado su apoyo al referéndum, que se han inscrito 26.000 personas voluntarias desoyendo las amenazas represivas directas de Méndez de Vigo, que 77.000 ya han cofirmado la convocatoria sin miedo a pesar del miedo. Que hay 400.000 inscripciones en la Diada. Que la Directa ya ha impreso 100.000 ejemplares sobre el 1-O, desde el hilo fértil de los movimientos sociales y la intrahistoria humanista de la desobediencia civil, pacífica y no violenta. Incluso, que Comisiones Obreras ratificó ayer mismo su compromiso con el derecho a la autodeterminación en el país, por suerte, de las 300 lenguas maternas, en la sociedad donde el hecho nacional básico es la migración, en el país de la diversidad que nos convierte en un dique de contención antirracista ante los turbios vientos que soplan en Europa y la xenofobia -social e institucional- que perdura en tantos sentidos.

Iba. Iba a hacerlo. Sobre todo centrándome en algunas trampas de la vergüenza, dado que en situaciones excepcionales no es posible ninguna salida normal. Que más quisiéramos. En el despropósito absoluto de responsabilizarse, culpabilizar y criminalizar a quien defiende la democracia, no a quien la tumba. No tengo anillos y, por tanto, no se me caen: sí, la opción elegida para poder garantizar un referéndum que reclama el 80% de la ciudadanía fue una opción prometeica. No había más. De Prometeo -castigado por robar el fuego a los dioses- no hemos celebrado nunca el robo, sino el fuego que era necesario para sobrevivir. El resto, la mala estrategia de una oposición que bajo aspavientos y envoltorios sólo pretendía negar las urnas democráticas. Estrategia mediocre -¿tanto miedo les dan las urnas?- con un solo objetivo más que evidente: forzar que el Tribunal Constitucional (TC) llegara antes de la aprobación del referéndum en sede parlamentaria con los votos de una clara mayoría democrática. Es decir, tanto como decir, tanto como contribuir a que todo siga igual y el Estado demofóbico se salga con la suya: garantizar que nada cambie y que siguiéramos esperando un Godot que nunca llegará. Que continuáramos mudos y en la jaula. Y que seguirían despreciando y triturando la razón democrática de la libertad política catalana.

No haré lista de cuantos han invocado la Orden y la Ley para impedir cambios democráticos; no invocaré cuantos tiran de Código Penal para (a)negar la democracia y prohibir las urnas a todos -a los del sí y a los del no; no recordaré que tratar los conflictos políticos como un simple problema de orden público es nítidamente franquista. Y en cambio, en contraposición, del Parlamento -quienes lo rodeamos contra los recortes y el golpe de estado del mercado- agradezco todo lo que no agradecen los argumentos de Coscubiela: es decir, que hayan devuelto la voz a la ciudadanía y que hayan arriesgado para garantizar el derecho democrático a la autodeterminación. Ante el Estado que siempre lo ha negado y proscrito, ante el reino que declara secretos los acuerdos militares con Arabia Saudí después de que Barcelona le recordara las complicidades criminales de una geopolítica miserable, ante el PP que nos hace pagar 50.000 millones del impune rescate bancario, diez mil veces más que el coste democrático del 9N. Y a pesar de que ahora la hostilidad del nacionalismo arrogante de Estado rastree urnas, registre imprentas, controle sus políticas y busque papeletas de voto. El ruido de sables puede ser el mismo que el de 1978. El delito: la democracia. Ya ves, si quieren evitar el único golpe de estado -o el estado de golpe- que se está forjando, lo que deberán hacer es autorreprimir: a ellos mismos.

O sea que sí, blanco sobre negro con todos los grises que sean necesarios en tiempos complejos, iba a responder: también que somos el país que acababa de anular -y hemos tenido que esperar 40 años- los 81.000 procesos del franquismo. Pero ayer por la mañana, cuando estaba a punto de desistir de escribir porque no las tenía todas conmigo, recibí una llamada que, inesperadamente, me resolvió el dilema. En la pantalla del móvil ponía Guillem Agulló. El padre. Luchador de cantería en dictocracia y en democradura, concejal comunista valenciano en las primeras elecciones municipales y padre de Guillem, asesinado en 1993 por la extrema derecha. Estaba indignado, dolorido casi, con tu intervención. Le pedí -a la estellesiana, es decir, de rodillas- que nos lo escribiera. Hablaba de tu hijo y del suyo. A las pocas horas, llegaba la carta. Y allí, íntegro como él, porque no se puede decir mejor, ni tan pacíficamente, ni tan claramente, te escribía:

“CARTA OBERTA A JOAN COSCUBIELA

El día 7 de septiembre, vi con mucha atención tu parlamento a las Cortes Catalanas, escuchando con perplejidad alguna de las cosas que te voy a referir a continuación. Primero quisiera que sepan que yo me siento un comunista convencido y que el derecho a la autodeterminación de los pueblos es un derecho fundamental que el comunismo siempre ha defendido.

Me sorprendió y golpeó tanto tus palabras y ver cómo te aplaude la derecha y cierta izquierda españolista representada en el Parlamento Catalán, que no puedo dejar de escribir estas notas para recordarte lo que representa esa izquierda y derecha españolista y como nos negaban las libertades por las que luchábamos nosotros, los comunistas, movimiento del que tú también vienes. Como también sabes, el eurocomunismo hablaba de una Europa de los pueblos que era la parte más dinámica de la democracia, lo que tú niegas en tu discurso. También que la lucha popular de los pueblos siempre ha ido por delante de las leyes que han querido hacer claudicar a la ciudadanía. Por tanto, no hay ninguna discusión que, en la práctica diaria de la lucha, sea la solución.

Lo que sí me escandalizó realmente de tu discurso fue cuando dijiste que no estabas dispuesto a que tu hijo Daniel viva en un país en el que la mayoría pueda tapar los derechos de quienes no piensan como ella. Quizás no te das cuenta que cuando dices esto, a pesar de las cítaras, te has olvidado de las víctimas del estado que ahora defiendes. Estado heredero de los que fusilaron a compatriotas republicanos. De la vieja impunidad, vigente todavía.

Y aquí entré yo, cuando me pregunto si mi hijo no tenía el mismo derecho que tú a defender sus ideas. Derecho que le negaron segándole la vida por ser independentista, antirracista y antifascista. Y son esas mayorías las que nos han negado con la muerte, que pensáramos libremente, y esa mayoría independentista a la que tú te refieres será la garantía y la primera defensora de que las minorías puedan vivir respetadas democráticamente. Nunca querremos para los demás lo que nosotros hemos sufrido. Nunca. En ninguna parte. Contra nadie.

Y yo, personalmente, saldré en defensa de las minorías siempre que haya una injusticia. Te lo prometo.

Guillem Agulló i Lázaro,
padre de Guillem Agulló i Salvador, asesinado el 11 de abril del 1993 a manos de un grupo fascista”.

Me puse de pie. A aplaudir. Con los ojos enrojecidos. Tanto agradecimiento que sus otros hijos, los que tuvimos que renacer ese abril negro de 1993, les debemos: para hacernos crecer por dentro y por fuera. Guardaré la carta en el bolsillo del pantalón de pana. Y este primero de octubre, en Barcelona, como el 9N, volveré a votar por él. Por Guillem Agulló. El padre y el hijo. Y la familia entera: Carme, Belén, Carmina. Y por los segregados por cualquier discriminación, los olvidados de la historia y los perseguidos bajo cualquier poder liberticida.

David Fernàndez, periodista de base en La Directa y miembro de Coop57.

Original en La Directa.

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