Tribuna abierta

La Generación Errante

Casi cuarenta años llevamos perdidos en la jungla de la política. A mí me tocó ser uno de aquellos jóvenes que a finales de los años setenta decidimos militar en el nacionalismo de izquierdas y que aun hoy buscamos, entre la ansiedad y el hastío, una formación que represente nuestros ideales.

Fuimos aquéllos que plenos de ilusión y esperanza ondeábamos al viento una bandera que los militantes de la izquierda tradicional miraban aún con recelo y suspicacia. Semejantes cautelas se volatilizaron un 4 de Diciembre de 1977, tal vez porque “milagrosamente” nuestros camaradas asumieron con sinceridad la identidad andaluza o quizás porque husmearon rentabilidades políticas futuras en la blanquiverde.

Muchos, los más, acabamos militando en el PSA-Partido Andaluz. Nuestra ideas-fuerza eran el nacionalismo (por supuesto, hablábamos de nacionalismo internacionalista) y el socialismo autogestionario, así emprendimos la apasionante tarea de luchar por una Andalucía oprimida en lo político, explotada en lo económico y alienada en lo cultural. No tardarían mucho las componendas, los juegos malabares parlamentarios o la inmoralidad política. Aquel inefable Rojas Marcos, amigo personal de Jomeini y Gadafi, tras facilitar las investiduras de Suárez y Calvo Sotelo, intentaba desde su “carisma profético” convencer a la militancia de que era posible aglutinar en el mismo partido a Paco Casero, al SOC y a díscolos de la UCD. “Hemos de abogar por un partido de clase interclasista” (sic). Tal discurso fue contestado por nosotros en infinidad de ocasiones al ver que al partido se le caían la S y la A, mientras la dirección se engalanaba con traje de faralaes y empleaba un relato en el que no cabían más que el regionalismo costumbrista, la ambigüedad y el pasteleo. Primera frustración.

En el Congreso de diciembre de 1980 el PSA se partió en dos, expulsando una mitad a la otra mitad. Aquellos jóvenes utópicos, marxistas y soberanistas, estábamos lógicamente entre los expulsados junto a otros expulsados menos ilusos que nosotros. ¿Que por qué afirmo esto? Verán ustedes. Los “expulsadores”, taimados y tramposos, quedáronse con las siglas, las sedes, los fondos y una absoluta tranquilidad para pactar a diestra y a siniestra sin más criterio que el personalismo y el capricho. Los expulsados, de inmediato, realizamos varias asambleas para constituir una nueva organización que llamaríamos Izquierda Andaluza. De nuevo la esperanza, de nuevo la ilusión. Los compañeros más destacados del innovador proyecto comenzaron, desde su mayor edad y experiencia, a exponer las dificultades, los contratiempos o las debilidades de embarcarse en un nuevo partido. En realidad, las ratas habían decidido abandonar este barco para embarcarse en otro más exitoso. Aquellos felones ingresaron en el partido hegemónico de Andalucía y en el transcurrir de los años fueron deglutidos por ese terrible Leviatán llamado PSOE. Segunda frustración.

Y aquí comenzó el éxodo interminable de aquel grupo de jóvenes ilusionados, tan inocentes como combativos. Mientras el ahora Partido Andalucista se destrozaba a sí mismo, víctima de sus contradicciones, desideologización y personalismos, los nacionalistas errantes fuimos moviéndonos en un tablero caótico a la búsqueda de una Tierra Prometida que siempre se nos negó. Unos acabamos en Izquierda Unida- Convocatoria por Andalucía, otros probaron suerte en la CUT o en Nación Andaluza, la mayoría se quedó en sus casas evocando con melancolía aquello que pudo ser y no fue. Lo de Izquierda Unida al principio fue un seductor reclamo para aquellos que pensábamos en superar el binomio socialismo-comunismo o la dicotomía socialismo autogestionario-centralismo democrático. Pensábamos que el ecologismo de los Verdes podría fundirse con el desarrollismo pretendido por los sindicatos clásicos, que el feminismo era perfectamente compatible con el machismo bien asentado en los viejos líderes izquierdistas, que el nacionalismo tenía cabida en el internacionalismo. ¡ Pensábamos tantas cosas…!

Una vez más vimos que lo posible era imposible, que la inercia pesaba mucho más que el espíritu revolucionario y el cambio profundo. Tercera frustración.

Nosotros continuamos nuestro camino errante por el sindicalismo, la cultura o los movimientos sociales. Y hablábamos con altivez de país andaluz, de nuestras señas de identidad robadas por el nacionalismo español, de soberanismo y del necesario amanecer de un pueblo que vivía, y vive, narcotizado por el vino de las fiestas, las mentiras de los políticos profesionales, el sopor del fútbol o el incienso de las procesiones.

El paisaje político andaluz de hoy es complejo y desconcertante, con un partido caciquil todavía hegemónico que es para mayor conocimiento pseudosocialista, pseudoandalucista, pseudoobrerista, pseudofeminista, pseudoecologista y con otro partido que es españolista sin complejos,autoritario, ultraderechista y reaccionario como pocos, al tiempo que el nacionalismo se encuentra absolutamente atomizado y desintegrado.

No obstante, en este páramo de desengaños y fatalismos parece ser que el nuevo faro de Podemos (un Podemos andaluz y soberano) parece emitir esperanzadores destellos que no terminan de ser captados por el pueblo andaluz. Nosotros, los miembros natos de la generación errante del andalucismo, seguimos a la espera de nuestra Tierra de Promisión, seguramente más viejos, más cansados, pero siempre henchidos de primaveras luminosas . Nuestras viejas ideas, para nuestro consuelo, siguen siendo nuevas, frescas, y ello nos impele a recuperar aquellos días juveniles en que levantábamos orgullosos nuestra bandera y clavábamos en el cielo las hermosas palabras de nuestro himno.

Diego Martín Díaz. Sociólogo y profesor de Educación Secundaria prejubilado.

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