Opinión, Tribuna abierta

¿Y ahora qué? Contextualizando desde Andalucía el nuevo gobierno español

Desde el sábado 2 de junio, Pedro Sánchez es ya el nuevo presidente del gobierno español, y lo es a su pesar, y decimos esto porque en el debate de la moción de censura que le llevó a la presidencia pudo repetirle a Mariano Rajoy al menos siete veces que dimitiera para “acabar con todo esto”. Pedro Sánchez es presidente del gobierno a pesar de barones y baronesas contrariados por el apoyo de los independentistas vascos y catalanes.

En realidad, Pedro Sánchez con todos sus bandazos no expresa más que la crisis política, la crisis del régimen postfranquista español y cómo el PSOE, o más bien, el sector del PSOE que él representa, intenta hacer frente a la misma. Los balanceos de Pedro Sánchez van al compás de los acontecimientos que se enmarcan dentro de esas crisis. Bailar al ritmo de la crisis pero siempre dentro de la pista de baile postfranquista.

Por tanto, teniendo en cuenta por un  lado el carácter de partido orgánico del régimen del PSOE y su debilidad (84 diputados y mayoría absoluta del PP en el Senado), así como las posiciones de Unidos Podemos y los grupos independentistas que dieron su apoyo a la moción de censura, ¿qué podemos esperar? La lista de leyes a derogar y de actuaciones legislativas progresistas a acometer es extensa, demasiado para un gobierno que agotaría la legislatura a escaso dos años –si es que la agota- y que se quiere ceñir no ya al marco constituyente del régimen, o unas reglas de gasto déficit acordadas con Bruselas, sino al marco de unos presupuestos que se ha comprometido a respetar. Es cierto que puede haber resquicios –pocos- para aumentar el gasto, pero para realmente satisfacer todas las demandas planteadas se queda corto. Igualmente complicadas se plantean la derogación de la reforma laboral, de la ”ley mordaza” o de la LOMCE.

Si estamos en un escenario de un gobierno débil, quizá sería el momento de ejercer  presión para forzar a cumplir con las exigencias obreras y populares más inmediatas e incluso avanzar en derechos y conquistas, en un doble sentido: institucional y popular. Por el lado institucional, se intuye poco movimiento, más bien se prevé el sacrificio de las exigencias y demandas por un cerrado apoyo a un PSOE previsiblemente  acorralado por las derechas; al respecto, ya desde el debate de la moción de censura Pablo Iglesias no solo se ofreció a compartir responsabilidades de gobierno con el PSOE sino que afirmó “Tenemos que ganar juntos las próximas elecciones generales” que no tenemos más remedio que interpretar como la posibilidad de un acuerdo electoral, ¿un revival de aquel pacto entre Joaquín Almunia y Paco Frutos? Aunque el PSOE hace oídos sordos a los continuos ofrecimientos, el caso es que Unidos Podemos se está (auto) descartando como oposición de izquierdas y como opción institucional de presión. Por el lado popular, es decir, por el lado de la movilización obrera y popular, este 2018 ha tenido un repunte en la movilización, destacando las movilizaciones por las pensiones, la feminista y determinados conflictos laborales; pero venimos de un periodo desde finales de 2014 a este 2018 en el que las movilizaciones populares, salvo excepciones, descendieron bruscamente respecto al periodo de 2011 al 2014. Pero no solo eso, sino que también hay que tener en cuenta dos cuestiones: una, el manejo que la izquierda institucional está haciendo de ellas, especialmente suplantando protagonismos; dos, el grado aún débil de organización obrera y popular, es decir, no se trata solamente de movilizarse o de que las movilizaciones se han un éxito, sino que se trata de la implicación organizativa de la clase obrera y de los sectores populares en el día a día en los centros de trabajo, estudio, barrios, etc.

En cuanto a la subordinación del PSOE a los marcos políticos establecidos, tampoco debemos extendernos demasiado porque es una cuestión que a estas alturas no debería ni de sorprender ni de ofrecer dudas, pero dada la ola de entusiasmo desatada por la izquierda institucional española, conviene señalar brevemente algunas cuestiones. No nos vamos a remontar ni a Felipe González, ni siquiera a Zapatero, tampoco vamos aún a circunscribirnos al espacio andaluz, basta con echar la vista atrás, a hace unos meses y ver en los hechos cuál fue la posición del PSOE respecto a Catalunya y concretamente respecto a la aplicación del artículo 155 de la Constitución española. Pero no solo eso, el nuevo ejecutivo de Sánchez está confeccionado para encajar como un guante en una mano en los marcos políticos realmente existente. Josep Borrell, que se ha destacado en las manifestaciones ultranacionalistas españolas en Barcelona y auto erigido azote del independentismo catalán, y todo ello precedido de una oscura participación en la desastrosa gestión de Abengoa; Carmen Calvo, vieja guardia zapaterista; Teresa Ribera, representante del “capitalismo verde”,  en 2009 avaló la construcción del almacén de gas de Castor (Castellón); Nadia Calviño, hija del histórico José María Calviño, funcionaria en Bruselas y encargada en el nuevo gabinete de mantener los corsés neoliberales bien apretados, a la orden de Merkel y el Deutsche Bank, y aplaudida hasta rabiar por Ana Botín;  María Jesús Montero, la consejera delegada de Susana Díaz en el ejecutivo español; Isabel Celaá, una nacionalista española acérrima; Grande Marlaska, un juez que ha hecho carrera ahogando los gritos de los torturados en comisarías y cuartelillos; o Màxim Huerta, un periodista coherente con la insustancialidad y la superficialidad  neoliberal que exalta el individualismo de un PSOE que hace mucho tiempo que dejó de ser socialdemócrata. No vamos a incidir en qué posibilidades de cambios reales o como mínimo de desandar el camino reaccionario del PP dentro del marco postfranquista, de la Unión Europea o de la OTAN, de ello llevamos advirtiendo desde hace mucho, pero si queremos anotar, porque la coyuntura lo requiere, que el nuevo ejecutivo de Sánchez está muy lejos de cumplir con las demandas inmediatas.
Política de imagen y gestos, de “batallas culturales” y de palmaditas en la espalda que no se va a contradecir lo más mínimo con la ortodoxia neoliberal. Las políticas neoliberales ya no tienen que tener cara de dictador latinoamericano como Pinochet, ni de actor de Hollywood pasado a la política como Reagan, ni de “dama de hierro” como Thatcher.

Del espacio Unidos Podemos, ya hemos destacado su (auto) descarte como oposición de izquierdas y como elemento de presión institucional al gobierno, pero también habría que advertir una comunicación política superficial, fruto de una visión estratégica que achaca los males a la corrupción, a la gestión espuria de lo público, a una mafia organizada, una trama, como se decía en su momento. El análisis de lo estructural no aparece, todo es cuestión de sanear las instituciones, detener y juzgar a los miembros de esa mafia y se acabó. Para el posmodernismo, las lógicas del funcionamiento estructural del capitalismo y su concreción en formaciones sociales determinadas son relatos del pasado.

Por su parte en las derechas, se advierte una lucha sin cuartel. Primero, por la sucesión en el PP, tras la dimisión de Mariano Rajoy; segundo, por la hegemonía entre el PP y Ciudadanos. Estos dos conflictos prometen retroalimentarse el uno al otro, aunque no creemos que lleguen a la destrucción mutua. De momento, se intuye en el PP una oposición dura, echando mano del arsenal de “guerras culturales” y conspiraciones, aunque ahora mismo todo queda pendiente de quien finalmente lidere el partido. Mientras, Ciudadanos parece en estos momentos dar cierto margen al nuevo gobierno, acentuando su opción de partido muleta y alejándose del protagonismo que tuvo hasta ahora y que repercutía en su liderazgo en las encuestas electorales, aunque, por otro lado, Ciudadanos estará expectante ante lo que ellos entiendan en su ultranacionalismo como una concesión al independentismo catalán, así como al ofrecimiento de Aznar de recomponer el “centro derecha” español.

La coyuntura internacional, ¿reinicio de la crisis?

Debemos situarnos en una perspectiva aún más amplia. El nuevo gobierno del PSOE viene al mundo en una situación revuelta y enrarecida. Estamos instalados en una guerra comercial desatada por los EEUU a varias bandas, con China, con el vecino del Norte -Canadá-,  con el del  Sur –México- y con la Unión Europea de otro. Y mientras  Moscú parece querer rebajar tensiones a toda costa, lo cierto es que Washington parece no estar por la labor, haciendo todo lo posible por reeditar una nueva “guerra fría”. La reciente guerra comercial con la Unión Europea venía ya precedida de la ruptura del acuerdo nuclear con la República Islámica de Irán que supuso un duro varapalo para numerosas empresas europeas, especialmente alemanas y francesas. Igualmente, esa ruptura del pacto nuclear tuvo como consecuencia una escalada de los precios del petróleo que junto a las frecuentes  tensiones en Oriente Próximo, a cuenta de la guerra de agresión contra la República Árabe Siria, suponen una fuente recurrente para los vaivenes de los mercados.

Mientras, la Unión Europea no gana para sustos con Italia y su nuevo gobierno populista de derechas; aunque de momento, no hay ninguna propuesta de salida de la Unión Europea ni del euro, el nuevo ejecutivo italiano si parece firmemente dispuesto a negociar el déficit con Bruselas y a no poner las cosas fáciles, además de su perfil reaccionario y xenófobo.

Pero el aire de la economía mundial está mucho más enrarecido, el FMI en sus dos últimas reuniones ya ha alertado sobre posibles crisis financieras y la escasez de fondos para hacer frente. El FMI calcula que el endeudamiento soberano de países y empresas  no financieras se eleva a más de 164 billones de dólares y la tendencia es al alza. Si se incluye la deuda financiera la cantidad no encuentra calificativos más allá de lo desorbitante. Expertos economistas de diversas firmas financieras ya advierten de que las empresas aseguradoras han aumentado los contratos ante riesgo de impagos.

Y por si todo esto fuera poco, habría que añadir los recientes problemas de emergentes como Turquía, Argentina, Indonesia, India y Filipinas, con sus respectivos problemas crediticios y directamente afectados por la subida de tipos de interés de la Reserva Federal. Todo este panorama no hace más que invitar ver a los inversores a intuir que “algo gordo va a ocurrir”, como en 2007-2008.

El postureo político andaluz

“¿Cómo salir de esta situación de dependencia y subdesarrollo que padecemos? Es evidente que la clave está en rechazar los principios que sostienen el sistema económico dominante. Para salir de la dependencia es imprescindible contar con un poder andaluz.” Diamantino García.

Mientras millones de andaluces y andaluzas estábamos pegados a las redes sociales y a los medios de comunicación siguiendo el debate de la moción de censura, se hacían público dos informes sobre la situación social y económica de la clase obrera andaluza. Uno era la Encuesta Anual de Estructura Salarial, del INE, en el que se alertaba del aumento de la brecha salarial entre Andalucía y el Estado español; en el 2016, la ganancia salarial bruta en Andalucía se sitúo en 21.268 euros, frente a los 23.156 euros de la media española, pero no solo eso, mientras en el estado esa ganancia salarial bruta había aumentado 50 euros, en Andalucía había bajado en 113 euros; como colofón: cinco de las 10 provincias españolas con peores salarios son andaluzas. El otro, es un informe de CCOO Andalucía titulado “Rentas Salariales en fuentes tributarias” en el que se concluye que el 60% de la población asalariada andaluza no llega a mileurista y casi la mitad percibe rentas salariales por debajo de los 655,20 euros mensuales. Sin embargo, en el parlamento español durante aquel debate no hubo ninguna voz andaluza que se encargara de visibilizar nuestra situación de marginación y opresión nacional. La ausencia de Andalucía duele, pero a quienes decían querer dar voz a los sin voz parece no importarles lo más mínimo.

En política pueden haber postureos convincentes o sobreactuaciones delirantes. De momento, es de prever que el ejecutivo de la Señora –Susana Díaz-  suavice sus maneras y con ellas las reivindicaciones de mejor financiación dentro de los marcos políticos establecidos, que ya sabemos que no dan para mucho; no por nada tendrá que negociar con su ex consejera Montero. Frente a Madrid, con un PSOE que cuenta con la firme adhesión de Unidos Podemos, Susana Díaz gobierna con Ciudadanos; de las contradicciones e incoherencias evidentes derivadas de esta situación para PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos tendremos noticias más temprano que tarde. Especialmente tensa en un momento dado puede ser la situación para Podemos Andalucía, de hecho, los roces con Pablo Iglesias son constantes, lo último: el acuerdo alcanzado con Izquierda Unida de cara las elecciones andaluzas del año que viene.

Siguiendo con el acuerdo Maíllo-Rodríguez (PCE/IU y Podemos/Anticapitalistas) de cara a las próximas elecciones andaluzas, se ha lanzado el Manifiesto Adelante Andalucía, todo un compendio de bellas palabras y virtuosismo en la dicción que ocultan un profundo vacío político que la situación de Andalucía no puede ni debe tolerar a estas alturas. Echar a Susana Díaz –del partido que se está apoyando en Madrid-  no es solamente echar a una persona, sino desterrar políticamente la marginación, la subalternidad, la dependencia y la opresión, y ese proceso político solo se puede llevar a cabo desde un planteamiento de soberanía nacional, de poder obrero y popular andaluz.

Realmente, estamos en un momento propicio para construir una unidad popular soberanista y de izquierdas, sin embargo, hoy, mirando al horizonte, estamos lejos de ese objetivo político vital. Demasiados postureos, demasiadas sobreactuaciones, demasiados golpes de pecho reivindicativos de pureza y dogmatismo que se dan la mano de los golpes de pecho de quienes reivindican el realismo político para perpetuar la actual situación. Exigir altura de miras a los diferentes actores políticos que se reivindican de la izquierda soberanista se está convirtiendo en un ejercicio cada vez más inútil.  Superar la soberbia sectaria y la aceptación frustrante de la subalternidad es ya una cuestión de vida o muerte para el pueblo trabajador andaluz.

Debemos mirar a los ojos de los hombres y mujeres de nuestro pueblo, comprendernos para cambiarnos. Este ejercicio de humildad revolucionaria definitivamente no es apto para esos sectores de la izquierda soberanista que piensan que por estar continuamente insultando y auto convenciéndose de sus bondades ya están construyendo una alternativa que efectivamente solo existe en sus mentes. Pero tampoco es apta para quienes no arriesgan, para quienes el realismo político es la aceptación pasiva de lo que hay y no partir de la realidad para transformarla.

Autor: Antonio Torres.

Redacción

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